jueves, 6 de noviembre de 2014

Te cuento un cuento


Foto: Sally Mann

Hola a todos!

Ando de buen humor porque me acabo de enterar de que uno de mis cuentos sacó Mención Honrosa en el concurso "Un Vicio Absurdo" de este año, organizado por la ULima.

Vengo participando en este evento desde mis últimos años de estudiante y la verdad es que la contienda siempre ha sido difícil, tanto en cuento como en poesía. Sin embargo, tengo la alegría de haberme mantenido en algún puesto o mención en una u otra categoría durante los últimos tres años.

 Dejaré el cuento por aquí, por si les interesa darle una ojeada.

Se agradece la atención del caso :).

- Alexiel

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Ana, Santiago y Diego



I

Ana, Santiago y yo dormíamos juntos desde que se destruyó la casa. Yo tenía cuatro años y debería recordarlo todo de manera muy vaga, pero las sensaciones fueron tan intensas, que puedo revivir cada escena casi con lujo de detalles. Él siempre quería abrazarla… decía que porque era el mayor, no obstante que yo siempre le recordaba que Ana tenía dos años más que él… entonces decía que eso no importaba porque él era el hombre. Yo quería ir al medio, por eso me molestaba… Tenía miedo de las bombas… El sonido de las explosiones que me despertaba todas las noches… las pesadillas, el recuerdo del fuego y de los escombros… entonces yo pasaba por encima de él y me acurrucaba entre los pechos suaves y tibios de Ana… y ella me abrazaba tiernamente hasta el amanecer.

Ana tenía catorce años, los cabellos largos y castaños, era espigada y frágil, algo pálida y de ojos claros. Mi madre decía que había tenido complicaciones al nacer. Siempre tuvo problemas de salud, así que, por nuestra casa, de cuando en cuando circulaba todo un desfile de doctores. Aun así, yo creo que Ana era la más fuerte de nosotros, porque a Ana siempre parecía sucederle lo peor y nunca moría… Al poco tiempo volvía a sonreír… Siempre con ese rostro débil y ojeroso, pero volvía a sonreír.

Santiago, por el contrario, parecía estar sano todo el tiempo. No le recuerdo enfermo ni una sola vez. Era imparable, siempre andaba merodeando entre los jardines, trepado en los árboles, molestando a la servidumbre, y escapando en la noche para ir a nadar al lago sin ropa, porque decía que así era más emocionante. Creía que si lo atacaba un animal salvaje, lo vencería fácilmente, con la destreza de un héroe mitológico; su gran decepción, consistía en que nunca lo había atacado ninguno… Era un tipo con suerte, mi hermano.

En realidad, los tres teníamos más suerte que otros chicos de nuestra edad. Vivíamos en un pequeño paraíso alejado de la ciudad. Para tener algo, sólo había que pedirlo. Casi no veíamos a mi padre, pero sabíamos que llegaba tarde, de noche, y casi no veíamos a mi madre, pero sabíamos que se perdía entre las habitaciones de la enorme casa. Nada nos molestaba siempre y cuando pudiésemos estar cerca los tres… o casi los tres… porque en verdad lo que yo siempre quise era estar cerca de Ana…


II

“Ya es hora de que aprendas a destetarte”- me decía Santiago todas las mañanas. Amanecía siempre de mal humor y lo primero que tenía que hacer era llamarme la atención por haberme puesto en medio de los dos cuando dormían. Hablaba con tono de menosprecio, mordiendo los restos de una manzana que había encontrado en el basurero. No se cuidaba de escupirme en la cara mientras hablaba. –“Ya estás grande para tener tanto miedo” –decía- “Estamos solos… y pronto serás un hombre”. –“Pero tú siempre duermes cerca de Ana” –le decía yo-. “Eso es distinto, hermanito… Yo soy el jefe ahora; es mi deber proteger a Ana”. Cada vez que decía eso, yo sentía que en mi interior, crecía con furia el deseo de ser más grande y más fuerte que Santiago…


III

En el año 14, después de la colonización, el lugar en el que crecí y sobreviví, se había transformado por completo. El lago había desaparecido, las ruinas habían sido removidas totalmente al igual que los pocos árboles que aún quedaban en las zonas cercanas después del bombardeo. Era una ciudad moderna en todo sentido y de extremo a extremo. Estaba también llena de vigilancia -aunque no pudieses percibirla-, y había que moverse con cuidado. Ya quedaban pocos de los nuestros… En realidad, la mía era una de las tres últimas legiones de rebeldes a nivel mundial. Las tres grandes alianzas habían triunfado, pero a nosotros no nos quedaba otra que seguir peleando… Era la única razón por la cual seguíamos vivos.

No había visto a mi hermana desde el incidente del primer año, pero la había soñado día y noche. Hasta el día hoy, no le perdonaba que lo hubiese preferido a él.
                                                                                                                                                              

IV

Caía la tarde. El asfalto quemaba. La sangre de mis compañeros, formando charcos sobre la pista, casi se confundía con el color de las nubes. Parecíamos piezas de una obra de arte trágico,  una obra que no podría apreciar por mucho más tiempo, pues las botas se aproximaban hacia mí. Era el siguiente. Sentí el choque del arma contra mi cabeza. No quise cerrar los ojos. Decidí que iba a morir con ojos abiertos. Cuando él llegó.

- Suéltelo, soldado… Borre esa cara de idiota y suéltelo de una vez. Yo me haré cargo.

- Como diga, capitán.

El soldado retiró el arma y me ordenó levantarme mientras golpeaba la punta del botín contra mis costillas. Me levanté. El capitán me mostró el revólver e hizo ademán de dispararme contra el rostro. Rió. Luego me obligó a subir al auto en el lugar del copiloto. Nadie más nos acompañó.


V

- Tanto tiempo sin verte, hermanito.

Sí, a Santiago tampoco lo veía frente a frente desde aquella tarde.

- Vaya si has crecido… quién te vería todo barbudo y con el pelo largo. Sí tienes pinta de revolucionario… y se ve que también comes tan mal como ellos.

Desde que era un niño ya se notaba el potencial de cabronazo que tenía Santiago. Se había convertido en un hombre de más de metro ochenta, fornido, erguido como un roble; tenía el cabello rubio y los ojos verdes… Seguía viéndose como un tipo que jamás se ha enfermado, sólo que su expresión había perdido la frescura que le caracterizaba… Era diferente.

- Cómete algo.

Me lanzó un sándwich.

- Prueba algo decente siquiera antes de morir… y no me mires así, que no soy yo el que te va a matar, pero vas a morir, tenlo por seguro.

El auto seguía deslizándose por la autopista.

- Ah, vamos, traga, que a fin de cuentas, si no tragas, te caerás antes de que puedas intentar escapar o apuntar contra alguien para salvar tu vida.

Tragué.

Santiago encendió un cigarrillo y empezó a fumar. Yo detestaba el humo y él me lo lanzaba en la cara, igual que cuando niño lo hacía con los restos de manzana que escupía mientras hablaba.

- Así que el “camarada Diego” –dijo-… Pensé que siempre se cambiaban el nombre… Supongo que querías que te recordemos… o,  mejor dicho, que Ana te recuerde.

Sí, quería que Ana me recuerde.

- Es una lástima, pero Ana no podría recordarte ni aunque le grites quién eres en la cara; Ana está completamente loca.

Ana estaba encerrada en la habitación 303 del manicomio para prisioneros políticos.

-  Sé a lo que has venido, Diego… y sólo yo puedo ayudarte.


VI

El incidente ocurrió tres meses después de la destrucción de nuestra casa. El Partido quería desaparecer cualquier rastro del régimen anterior, y ello incluía eliminar a su descendencia. Nos encontraron durmiendo juntos -como siempre-, sobre el colchón sucio del sótano, que era lo poco que nos quedaba en las ruinas de nuestra antigua mansión. Los soldados nos sacaron a empujones y aquella vez sentí el asfalto tan caliente como la tarde en que me reencontré con Santiago; también tenía un arma contra la nuca, y también fue un rango mayor el que interrumpió, pero no para llevarme a mí, sino para llevarse a Ana.

Regresaron varios minutos después… minutos que sentí eternos bajo el calor intenso de la tarde y los escupitajos de la tropa. Ana tenía los ojos hinchados y enrojecidos, el rostro sucio de quien ha tratado de huir y se estrelló contra el barro. “Se ha hecho daño” –pensé, porque el vestido traía manchas de sangre.

Después soltaron a Santiago. Lo vi correr hacia Ana, quien lo recibió en sus brazos llorando. Los soldados los cubrieron con una manta y los hicieron caminar de frente. Subieron al auto.

Yo me quedé tirado en el asfalto, en medio del charco de sangre que me dejó la bala de un soldado en la pierna, sólo por diversión…


VII

Mi hermano recibió el amparo del nuevo régimen, fue reeducado y entrenado para entrar al ejército. Su desempeño superó las expectativas y fue ascendido a capitán con sólo veintiséis años. Yo fui rescatado por los rebeldes. Ana siguió siendo violada por el general del ejército durante los primeros tres años; después se volvió loca y la encerraron.

Santiago me dijo que sabía que yo quería matar a Ana, y que era el único que podía ayudarme. Sabía que tenía razón puesto que la “guerra” (si aún podíamos llamarle así) estaba perdida. Yo mismo estaba solo. Todos mis compañeros de misión habían sido asesinados. La misión estaba abortada; sólo quedaba lo que yo, independientemente de los planes de la guerrilla, tenía que hacer, y la única forma de llegar a Ana sin ser asesinado, era escuchar lo que Santiago tenía que decirme.

Abrió la puerta.

- Bien, ya tienes lo que quieres. Ahora lárgate, y asegúrate de no morir antes de hacerlo… También asegúrate de no volver a encontrarme, porque entonces yo te mataré.


VIII

Santiago había amado a Ana con todo su corazón. Cuando éramos niños, aun antes de quedar huérfanos, él siempre estaba pendiente de ella. Yo sabía que en realidad todas sus hazañas de bravucón eran para impresionar a Ana. Ana sonreía. Santiago era un chico valiente. Siempre que escapaba al lago por las noches, regresaba con flores y caracoles de regalo para Ana. Santiago era todo lo que yo quería ser. Estaba celoso de Santiago porque atraía a Ana, y él estaba celoso de que Ana me acogiera entre sus sueños. Yo era el hermano pequeño, el “hijito” de Ana, un hijito libidinoso que busca con ansias los pechos de su madre… Pero ella lo amaba a él.

Santiago había cerrado la puerta del coche y estaba a punto de arrancar.

- Una última pregunta –le retuve-. ¿Por qué haces esto?

Exhaló con fuerza.

- Por ira.
               
IX

Ana… seguías tan hermosa como la última vez que te vi… Parecías una diosa caída en desgracia con el rostro lleno de tierra y el vestido ensangrentado. Los años no pasan sobre ti, Ana… pareces la misma joven de catorce, con el cabello largo y castaño, con los ojos claros, tristes… Pálida… tal vez un poco más pálida porque la luz no te alcanza en esta habitación oscura… ahí, sentada con los hombros encogidos, con esa camisa áspera maltratando tu fragilidad, atando tus movimientos. Una parte de mí quisiera liberarte… otra parte de mi ser ansía destruirte… pero qué es la muerte sino el encuentro entre la más plena libertad y la total destrucción…

Me acerqué a ti y me postré de rodillas. Me miraste. Creo que tus ojos brillaron un poco. El tiempo ha respetado hasta tus lágrimas de la última vez… porque siguen en el mismo lugar. Déjame besar tus labios, Ana… déjame ocupar el lugar del hombre que siempre amaste por esta única vez…        

Ya está… aunque no me reconozcas, Ana… soy el niño que acogías todas las noches entre tus pechos y que luego dejaste tirado en el asfalto para abrazar al traidor.

Soy Diego… tu hermano, y he llegado hasta aquí porque debo apagar el rencor que sembraste en mi corazón… y que he anidado durante todos estos años, para seguir con vida.

Silencio.

Aire.

Disparo.

X

En ese momento entró el capitán. Yo estaba de espaldas, con el cuerpo reclinado hacia el cadáver, tragando agua con sal, pero sabía que era él… Reconocía el sonido de sus botas.
                
Abrió la puerta de golpe. Giré hacia él. Encendía un cigarro y sonreía.

- Ahora me he vengado de ti -echó el humo-.

Volvió a mí la escena del general llevándose a Ana.

- El trato no fue por mí –se burló Santiago-… Ellos me querían en el ejército.

Santiago era el más fuerte de los dos.

- El trato fue por salvar tu asquerosa vida.

No.

- Ana se dejó violar para que no te maten a balazos aquella vez.

No.

- Gracias por liberar a Ana, hermanito… -se acercó, me pateó a un costado y levantó el cadáver con cuidado para sacarlo de ahí-. Al fin podrá descansar.

Se alejó.

Caminó con la muerte en brazos, tiró la puerta y se fue.


FIN

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