domingo, 22 de octubre de 2017

Me perdí en el metro y me atrapó la melancolía (crónicas limeñas)


Lo sé, lo sé, desaparecí otra vez varios días. En este momento ando en un pueblito campestre a las afueras de Ávila, adonde me dicen que la gente de Madrid cae los fines de semana (para mis compatriotas peruanos, sería como cuando nosotros nos quitamos a Cieneguilla a Chaclacayo tratando de escapar un poco de la ciudad). Esta mañana estuve en el Castillo de la Adrada, el cual primero fue concebido como iglesia, luego recibió una serie de cambios (expansión, amurallado, modificación de ciertas áreas, etc.) para ser convertido en fortaleza, y finalmente –cuando fueron cesando las invasiones árabes- fue transformado en palacio. Es un castillo bastante rústico y simple –a comparación de castillos que he visto anteriormente, por ejemplo en Francia, o en otros lugares de España- pero tiene ese encanto melancólico que te traslada –literalmente- a otra época… de pronto y con un poco de imaginación, puedes ver al juglar, al bufón de la corte y al dragón encarcelado (para los hinchas de Game of Thrones). Me sorprendió además, cómo con pocos recursos, quienes han ambientado el castillo convirtiéndolo –el día de hoy- en minimuseo, logran crear espacios atractivos y lúdicos inclusive para los más pequeños (anduve con unos tíos que viven aquí y con mi sobrino de cuatro años que se volvió loco brincando de un lado al otro). Tomo nota para cuando regrese a Perú y empiece mi proyecto de transformación cultural.

Castillo de la Adrada

 Para ser sincera, estos últimos días he andado algo melancólica… creo que tiene que ver con que no he visto a mi grupito de amigos peruanos (hice una manchita de paisanos en el consulado en Lima, cuando estaba en todo el trámite de sacar la visa); ello ha hecho que me sienta un poco alienada. De pronto esta semana no me vi con nadie a quien le interese el rock ni la onda bohemia (ni que le apasione tanto el arte como a mí)… y anduve muy rodeada de centroamericanos buena onda pero con los que no sentí mucha conexión emocional (buenas personas, pero con intereses distintos… además he de admitir que ninguno sabe mucho acerca del país del otro, lo cual me llevó a reflexionar sobre lo distintos que podemos a llegar a ser los latinoamericanos entre nosotros, y lo poco que nos conocemos realmente). La verdad es que –más allá de mi roomate, con quien me llevo de puta madre-, esta semana, mis conversaciones más interesantes se han dado de modo virtual (Cof! Cof! #Tinder)… para esta semana –espero- ya debería haber concretado con una amable lugareña que me quiera ayudar con la guía turística.

... y que de paso me explique el significado de este oso con el que todos los extranjeros se toman selfies sin saber muy bien por qué. 

Por otra parte, les comento que el master ya arrancó, y que soy la única peruana del grupo (es muy probable que esto haya despertado mi sentimiento melancólico). El miércoles –primer día de clases- tuvimos un afterwork en un bar… y aquí viene la anécdota tragicómica. Y es que los españoles tienen la costumbre de beber a diario –pero con moderación-, a diferencia del peruano que suele tomar sólo el fin de semana –pero por toda la semana-. Bueno, nos pusieron barra libre pero sólo de alcohol (#ups), y casi me da un ataque con el precio de la comida (12 euros lo más cómodo). Se notaba que el bar era ficho, pero tenía la esperanza de encontrar algunas tapas a precios similares a los que ya había observado en los bares del centro de Madrid (la tapa más cara que había visto por ahí costaba 2,5 euros).

No fue así, y me puse necia con la idea de no gastar (tengo menos de un mes por estos lares, se supone que primero debo ir tanteando el presupuesto para vivir)… pero al mismo tiempo andaba entre emocionada –por empezar a estudiar- y nerviosa –por hallarme con tanta gente distinta- y me tomé tres copas de vino.


"¡Salud! ¡Salud!"


Quienes ya me conocen, saben que tengo cabeza de pollo especialmente para los licores de uva (al tequila y al whisky ya les he agarrado cierta resistencia)… y para quienes no lo sabían, pues ya lo saben.

Tomando en cuenta que no había comido en muchas horas… ya me tenían ahí caminando en zigzag.

Apenas vi que una chica mexicana del grupo se estaba quitando a tomar el metro, me le uní  (mejor dicho, la agarré de guía); sin ella me habría perdido a los dos segundos (si estás leyendo esto: #MilGracias). Y sí, llegué viva al metro; el problema es que luego estaba con los ojos que se me caían y haciendo un sobreesfuerzo para ubicar mi parada.

Me parece que me llegué a pasar una estación, porque recuerdo haber salido y tomado otro metro.

Algo así andaba


Esa vez me fue mejor, porque encontré mi estación.

El siguiente problema, fue ubicar la salida.

Recuerdo haber dado varias vueltas entre los diferentes caminos que se abren por la estación del metro (algunos llevan hacia una conexión con otra línea de metro y otros llevan hacia una o varias salidas –dependiendo de la calle a la que quieras llegar-). Me perdí. Tuve entonces que respirar e intentar mantener la calma (espero que mi madre no esté leyendo esto, o mañana me lo va a comentar... #NoPorFavor).

Después de muchas vueltas (interminables), conseguí salir.

¿Que cómo logré meter la llave en la puerta de mi piso? No lo sé. Todo lo que recuerdo es que llegué a mi habitación y caí hecha un saco de papas (con toda la ropa puesta, por supuesto). Al día siguiente me despertó la sed y el arrepentimiento. Lección aprendida: “nunca más tomo sin comer”.

Descripción gráfica de cómo acabé.

La siguiente salida estuvo mejor. Esa vez sí comí y todo tranquilo. Fui a ver un show de flamenco que súper chévere… pero eso ya lo dejo para otra anécdota...

… porque ahora mismo me he puesto a ver videos de polca limeña y de marinera, lo cual significa que este animal alienado –y noctámbulo- está realmente muy pero MUY melancólico.

Buenas noches.


1 Egocomentarios:

Anónimo dijo...

Capitulo 1. Continué...meow

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